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Tiempo Ordinario

Manejando por Saskatchewan. Foto de Peacenik en Pixabay.

Como ya muchos de ustedes saben, nací y crecí en Panamá. No se como sea en otros paises latinoamericanos, pero en Panamá se dice que solo hay dos “estaciones”. Tenemos la temporada “lluviosa” y la temporada “seca”. Los árboles tienen hojas durante todo el año y tenemos verduras y frutas frescas durante todo el año.

Todos los días en Panamá son bastante iguales ya sea enero o julio. El amanecer y el atardecer ocurren prácticamente a la misma hora durante todo el año; La temperatura suele ser aproximadamente la misma durante todo el año.

Es difícil tener un sentido de las estaciones cuando todo es tan… ordinario.

Ahora que vivo en Canadá, tengo un mejor sentido de las temporadas.

En la Iglesia tenemos lo que llamamos “temporadas litúrgicas”. Estas marcan los altos y bajos en el año de la Iglesia; A eso le llamamos el “calendario litúrgico”, el calendario que determina los días festivos, las lecturas que se leen en misa y otros momentos a lo largo del año. Así como el año se divide en estaciones según el clima y la temperatura, de la misma manera, nuestra vida litúrgica, o sea, cómo vivimos nuestra fe dentro de la religión, también se divide en temporadas.

Estoy seguro de que todos han oído hablar del Adviento, la Navidad, la Cuaresma y la Pascua. Estas son las cuatro temporadas “altas” de la Iglesia. No creo que tengo que explicarlas.

Al resto del tiempo, la Iglesia le llama Tiempo Ordinario.

El Tiempo Ordinario ocurre en dos momentos: Después de la Temporada de Navidad antes del comienzo de la Cuaresma, y ​​luego después de la Temporada de la Pascua antes del comienzo del Adviento.

El Tiempo Ordinario es como manejar sobre una carretera larga, donde no hay curvas, no hay cerros y no hay paradas.

El cantautor canadiense Steve Bell dice que el Tiempo Ordinario es como manejar de Winnipeg a Calgary, a través de la provincia de Saskatchewan. Dice que es es como manejar sobre una carretera larga, donde no hay curvas, no hay cerros y no hay paradas.

He tenido la oportunidad de manejar a través de Canadá dos veces. Las provincias de Quebec y Ontario están llenas de giros y vueltas; Hay lagos, bosques, y grandes rocas. Al igual, las provincias de Alberta y British Columbia tienen las montañas y lagos más hermosos que he visto. Pasar por Ontario y Quebec y luego por Alberta y British Columbia son definitivamente las altas y bajas de un viaje a través de Canadá. ¡Definitivamente no es ordinario!

Pero en la provincia de Saskatchewan todo es igual. Casi no hay giros ni vueltas; no hay colinas, valles, ni lagos: sólo millas y millas de llanuras.

Podemos pensar que el Tiempo Ordinario se llama “ordinario” porque es aburrido o monótono. Pero, al igual que no diría que conducir por Saskatchewan es aburrido, el Tiempo Ordinario tampoco es monótono.

Pero es más difícil prestarle atención a los altos y bajos de la vida cuando lo diario se vuelve rutina.

El Tiempo Ordinario no se llama ordinario porque es común y corriente o repetitivo sin ninguna característica. La palabra “ordinario” proviene de la misma raíz de donde obtenemos la palabra “orden”.

El Tiempo Ordinario es ordinario porque es ordenado.

Un amigo una vez me contó sobre la canonización de Obispo John Neumann (1811 – 1860), obispo de Filadelfia. Me dijo que durante la misa de canonizacion, cuando leyeron su biografia, dijeron que el “vivió lo cotidiano de la vida ordinaria con fe, constancia y alegría”.

No sé si sea verdad pero me gusta.

Todos debemos vivir la cotidianidad de nuestras vidas ordinarias de la misma manera.

Es más fácil ser bueno, más alegre y orar más durante el Adviento, la Navidad, la Cuaresma y la Pascua. No es tan fácil durante el Tiempo Ordinario.

Es en medio de la rutina diaria del trabajo, en el medio de las noches largas con un hijo enfermo, en la limpieza de la casa, en el diario planear y preparar de las comidas y hacer el mercado, en el llevar y traer de los hijos… En medio de esa “ordinariedad” es cuando vale tener fe, ser constante y alegre, porque es más difícil ser constante en la fe y la alegría en medio de todo eso.

Es en la rutina diaria donde es más fácil perder nuestro propósito de vivir. Al mismo tiempo, es en la rutina diaria, en los hábitos diarios y ordenados donde podemos encontrar tiempo para entrar más a fondo en nuestra vida espiritual. Es el tiempo en el que no tenemos las distracciones de banquetes o ayunos y por eso es que podemos procesar los momentos de banquetes y ayunos que vivimos en las temporadas anteriores.

Hay 33 o 34 domingos en Tiempo Ordinario, dependiendo del año, pero la temporada no es totalmente “ordinaria”: Está llena de fiestas para recordarnos que seguimos avanzando.

Steve Bell dice que es como manejar de Calgary a Winnipeg a través de la provincia de Saskatchewan. Después de hacerlo varias veces, uno comienza a notar cosas que no habían notado antes: el silo de grano que es más alto que los otros, esa casa roja, o el ese árbol al lado de la carretera…

El Tiempo Ordinario nos permite notar los momentos extraordinarios de nuestra vida cotidiana.

A medida que avanzamos a través de estos meses de verano y comenzamos a sentir que todo es rutina, aquí les comparto algunas fiestas y solemnidades para que celebren:

5 de agosto: Fiesta de la Transfiguración del Señor

15 de agosto: Solemnidad de la Asunción de María

22 de agosto: Fiesta de María, Reina del Universo

14 de septiembre: Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Les deseo un feliz verano (o invierno dependiendo de dónde estén).

Que este Tiempo Ordinario, ¡no sea muy ordinario!

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God is Relationship

A reflection on the Solemnity of the Most Holy Trinity, Year C. The readings are Proverbs 8:22-31; Psalm 33; Romans 5:1-5 and John 16:12-15.

The Adoration of the Trinity by Albrecht Dürer (1511). Kunsthistorisches Museum, Vienna, Austria.

Last Sunday was the Solemnity of Pentecost and with that we concluded the Easter Season. This Sunday we begin the season called Ordinary Time. But there is nothing much ordinary about it. We’re still wearing white and we’re celebrating. Today we celebrate the Solemnity of the Holy Trinity, then next Sunday is the Solemnity of Corpus Christi, followed by next Friday, the Feast of the Sacred Heart of Jesus. It’s not very ordinary. It says something about what “ordinary” means for the Christian: Our ordinary means that we are surrounded by the extra-ordinary: by mystery.

And today we celebrate the solemnity of the Holy Trinity: that Doctrine that the Church teaches that is so hard to understand that we call it a “mystery”. It refers to the fact that God is one God; three persons.

It’s not three gods – He’s ONE God; Three persons. Not three aspects, or three qualities, three parts or three different sides of God: Three PERSONS. One God, three persons. It’s hard to understand completely. That’s why we call it a mystery. But it’s not a mystery that we have to solve. It’s a mystery because it’s so amazing and wonderful that it cannot be fully described in human terms. It cannot be fully understood. But that’s OK, because we don’t have to fully understand it; we just have to live it.

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The Holy Spirit Will Teach Us Everything!

A reflection for the 6th Sunday, Easter, Year C. The readings are Acts 15:1-2, 22-29; Psalm 67; Revelation 21:10-14; 22-23 and John 14:23-29.

“The Holy Spirit will teach you everything and will remind you of everything that I have spoken.”

That’s what I want to talk to you about today.

I suspect that most of you don’t usually pray to the Holy Spirit. Most of us pray to God, the Father, “Dear God”, “Father in Heaven” or “Our Father”, or we pray to Jesus, “Dear Jesus”. But how often do we pray to the Holy Spirit? “Dear Holy Spirit”? And when we pray to God or Jesus, how often do we ask for them to send us the Holy Spirit? Unless we are Charismatic, we probably don’t usually do that.

But we should. Every day. If you don’t remember anything else from today, I want you to always remember this. Pray for the Holy Spirit, every day. Everyday ask God to send you the Holy Spirit, to guide you, to inspire you, to move you.
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Thank God it’s Friday!

A reflection for Good Friday. The readings are Isaiah 52:13-53:12; Psalm 31; Hebrews 4:14-16, 5:7-9 and John 18:1-19:42.

Detail of Crucifixion with Mary and St. Dominic and Mary Magdalene by Fra Angelico, circa 1437-1446. Museum of San Marco, Florence.

This doesn’t usually happen to me, but the last couple of weeks, for some reason, I’ve found myself counting the days of the week until Friday. I guess a lot of us do that. We can’t wait for the weekend. And when we get there we say, “thank God it’s Friday!” We even have a little sticker that we can text to each other or post on social media, “TGIF”; thank God it’s Friday.

And then we get to this week, and to this day – thank God it’s Friday – this day that we call “good”. This day that should be called “black Friday” or “terrible Friday”. I guess the official name is “Friday of the Lord’s Passion.” Good Friday.

In my head I get it. This Friday is good because it leads to Sunday. Without the death, there is no resurrection. We honour the Friday as “good” because it leads to a victory.

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